Mi bisabuelo trabajó en la planta de Ford en Detroit

julio 21, 2014

Andrés Lázaro Cercós lió su petate un buen día de 1926, dejó la pequeña localidad de Puebla de Valverde (Teruel) en la que vivía y se embarcó rumbo a EEUU. Aún no lo sabía, pero su destino era trabajar en Ford Motor Company, en Detroit.

Lo cuenta su bisnieto Óscar Pérez quien, casualidades de la vida, trabaja actualmente en Mantenimiento, en la planta de Pinturas de Ford en Almussafes. Descubrió la historia de su bisabuelo cuando entró por primera vez en Ford, hace 17 años, en la planta de Motores, para el lanzamiento del Ford Ka. A propósito de ello, su madre y su tío empezaron a hablar sobre aquella vieja historia de familia que no había quedado del todo olvidada. Incluso empezaron a buscar en viejos armarios y baúles aquellos retazos de la historia familiar, encontrando postales, fotografías y documentos que ahora la ilustran.

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En aquella época “los españoles emigraban a otros países en busca de nuevas oportunidades. La España de hoy no sería imaginable sin esa larga cadena de éxito y sufrimiento que dejaban tras de sí millones de españoles”, cuenta Óscar. “Muchos morían en aquellos larguísimos viajes en barco”, continua, “y es que las condicio
nes dejaban bastante que desear”. Óscar, interesado en la aventura de su antecesor, se ha preocupado de conocer también los detalles de la historia de Ford: “aunque
 no llegó a tiempo para la fabricación del famoso Ford T que revolucionó la industria del automóvil, sí estaba presente durante una versión posterior que incluía algunas mejoras”, explica, y añade: “Por las fechas, debió coincidir con el mismísimo Henry Ford y con las dos generaciones siguientes, Ford hijo y Ford nieto”.

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Andrés Lázaro permaneció en Estados Unidos alrededor de 26 años, 19 de ellos aproximadamente trabajando para Ford, y sus últimos días en el país los pasó al volante de un vehículo con el que iba de un lado a otro de la fábrica, haciendo labores de mantenimiento”. Aunque parte de su proyecto era llevar allí a toda su familia, aquello no ocurrió nunca, en parte por la negativa de su mujer, Amada, pues el viaje hasta allí en aquella época era muy peligroso. Lo que sí logró es “pagarle los estudios a su hijo, que se convirtió en maestro y a una de sus dos hijas, que hizo arte y confección”.

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En sus cartas y postales, Andrés contaba cuál era su salario, 25 duros al mes, y refería detalles acerca de su forma de vida instalado en la casa de una familia norteamericana, dedicado a otros intereses como las clases de baile, paseos de verano…

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Y cuando volvió, “trajo los suficientes ahorros para montar una cantina en el pueblo, comprar una casa y se dedicó a compaginar la restauración con la agricultura”, continúa Oscar. “A su vuelta, le apodaron Andrés ‘el Chulo’. Y muchos pensaban que había perdido la cabeza porque contaba cosas que a ojos de un provinciano español sonaban absurdas”. Corría el año 52 en España y el país aún vivía los coletazos de la posguerra. “Contaba, por ejemplo, que cuando a una mujer estadounidense se le rompían las medias, las tiraba a la basura y se compraba otras”. En España, aquello parecía un derroche y casi un delirio. ¿Por qué no coserlas? La moderna Norteamérica no era más que una fábula para el pequeño pueblo de provincias al que llegaba Andrés con abrigos de piel de oso y maletas llenas de ropas nunca vistas.

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